Felicitaciones Navideñas
Roma, Navidad 2025
«María, Madre mía,
llévame contigo a la gruta
de Belén
y déjame hundirme
en la contemplación
de lo que es grande y sublime
para que se desarrolle
en el silencio de esta gran
y bella noche». P. Pio
Queridas Hermanas,
Estimados Miembros de la Comunidad Apostólica de Santa Isabel,
Celebrando la Navidad, tenemos la oportunidad de reunirnos como una sola familia, ya sea religiosa o cristiana, y vivir con alegría fraterna este acontecimiento, tan importante para nosotros, pues revela la Encarnación del Verbo de Dios. Cristo, el Hijo de Dios, vino al mundo haciéndose Niño, para hacerse semejante a los hombres. El gran deseo de Dios era hacerse uno de nosotros, sentir las luchas cotidianas de la humanidad. Durante este tiempo, al inclinarnos sobre este pequeño Niño, sentimos conmoción, inmenso amor y gratitud hacia el Padre Todopoderoso.
El Evangelio de la solemnidad de hoy nos lleva a experimentar profundamente la verdad revelada en la humilde gruta de Belén. Este acontecimiento marca el comienzo de nuestra salvación, que llega con el nacimiento del Hijo de Dios. San Lucas lo registra en su Evangelio: «Mientras estaban en Belén, llegó para María el momento del parto, y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos en la sala principal de la casa» (Lc 2,6-7). Es increíble que Dios, por ti y por mí, se haya hecho uno de nosotros. Vino al mundo en circunstancias de humildad, pero con un amor inmenso. La Navidad no es solo la celebración de un acontecimiento histórico, sino un tiempo de adoración a Jesús, el Verbo Encarnado. En sus oraciones, San Pío pidió a María que lo ayudara a sumergirse en la contemplación de este gran y significativo acontecimiento ocurrido en Belén. Dios ha venido a morar entre nosotros, permaneciendo para siempre entre su pueblo en la Sagrada Eucaristía. Siempre cuando nos encontramos ante el altar, reflexionamos sobre este gran misterio de la presencia de Dios: el Niño nacido en la gruta de Belén y Cristo que viene a nuestros corazones en la Sagrada Comunión; es el mismo Dios que es Dios con nosotros (cf. Mt 1,23).
El ángel reveló a los pastores los grandes misterios del camino de la salvación: «Les anuncio una gran alegría, que será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es Cristo, el Señor» (Lc 2,10-11). ¡Ha nacido! — anuncian los ángeles en Belén—. ¡Ha nacido! — repican las campanas, invitándonos a celebrar, a experimentar la alegría. Así como los pastores en la noche del nacimiento corrieron a la gruta, también nosotros nos arrodillamos ante el Verbo Encarnado para adorar a Dios. Experimentar la alegría del encuentro con Cristo es llenarse de su presencia, pero también significa compartir nuestra felicidad con los demás. Los pastores corrieron a ver al Señor. Queridas Hermanas, Estimados Miembros de la Comunidad Apostólica de Santa Isabel, “corramos” con alegría al encuentro con Jesús, para fortalecer nuestra fe, para recobrar las fuerzas. “Corramos” con alegría hacia nuestro prójimo para compartir esta riqueza espiritual. En nuestra vida espiritual, debemos beber de la fuente que es la Eucaristía y con el poder de esta gracia ser testigos del encuentro.
Quien verdaderamente ha encontrado al Señor Jesús ha llenado su corazón con los dones de Dios, y nunca los guardará para sí mismo, sino que los comparte y enriquece a los demás. Como enfatizó el Papa Francisco: «pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús» (Evangelii Gaudium, 120). En este tiempo tan particular reflexionemos: ¿Soy capaz de compartir de mi tesoro espiritual los dones con los que Dios me ha dotado? ¿Pueden los demás mirarme y decir que mi corazón pertenece a Dios? ¿Dejo un buen testimonio con mi vida y mi conducta?
Viviendo el misterio del Nacimiento de Cristo, nuestro Salvador, quien durante su vida terrena oró al Padre por la unidad de sus discípulos: «Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.» (Jn 17,21), tomamos conciencia de que no hay verdadero testimonio de Dios sin vivir en unidad, que es, ante todo, un don del mismo Padre y, al mismo tiempo, fruto de nuestra cooperación con la gracia recibida del Señor. Nuestras Constituciones afirman que «solo una comunidad interiormente unida es capaz de cumplir su misión en el mundo contemporáneo» (C 67).
La oración de San Francisco, que desde el último Capítulo General de 2023 rezamos por la unidad entre nosotros, nos recuerda que, para ser instrumentos eficaces en las manos del Señor, debemos, en el sentido evangélico, olvidarnos de nosotros mismos para:
“No tanto buscar ser consolado, sino dar consolación;
No tanto buscar ser comprendido, sino comprender;
No tanto buscar ser amado, sino amar.
Porque:
Dando, recibimos;
Perdonando, somos perdonados;
Muriendo, nacemos para la Vida Eterna.
Por Cristo nuestro Señor.”
Necesitamos mucho esta unidad, que es a la vez gracia y fruto que crece en la tierra donde nosotros permitimos marchitar nuestras necesidades, nuestras propias razones, nuestro sentido de injusticia o el resentimiento, todo esto, aceptado con fe y ofreciendo al Señor, se convierte en levadura de unidad entre nosotros y nos permite ser verdaderos testigos de Cristo y la semilla de la paz en el mundo, por la que oramos con tanta intensidad. Por lo tanto, como en años anteriores, seguiremos orando por la unidad entre nosotros en los próximos años como ha sido siempre.
Queridas Hermanas, Estimados Miembros de la Comunidad Apostólica de Santa Isabel, que la alegría del nacimiento del Salvador les traiga esperanza, paz interior, fortaleza y un fortalecimiento de la fe que les guíe en la vida, especialmente en situaciones difíciles. Que las fiestas sean oportunidad para una profunda reflexión, y que cada mirada al pesebre navideño les recuerde el amor infinito que Dios Padre tiene por la humanidad.
Uniéndome en las oraciones, deseo a las Queridas Hermanas y a los Estimados Miembros de la Comunidad Apostólica de Santa Isabel la bendición del Divino Niño. Les envío también cordiales deseos de parte de las Hermanas Consejeras y de todas las Hermanas de la casa general,
En el amor del Corazón de Jesús
Madre M. Rafaela Fischbach
Superiora General
